Nuestra historia
Todo empezó con una videollamada que casi cancelo.
Me llamo Marina Costa, soy de Barcelona, y durante años trabajé como comercial, con reuniones casi a diario. Cada mañana era el mismo ritual: café, prisa, y esa sonrisa que tenía que poner delante de clientes, aunque por dentro me diera vergüenza abrir mucho la boca. Los dientes amarillentos no eran un problema de higiene — me cepillaba, usaba hilo dental, iba al dentista cada seis meses — era simplemente cómo eran, y ningún blanqueador que probaba parecía cambiarlo de verdad.
Probé de todo. Tiras blanqueadoras que me dejaban las encías irritadas durante días. Carbón activado que prometía "dientes blancos en una semana" y que, según mi dentista, solo desgastaba el esmalte. Kits de blanqueamiento con peróxido que ardían tanto que dejaba de usarlos a la tercera aplicación. Cada vez que no funcionaba, pensaba que el problema era yo: que tenía los dientes "demasiado amarillos", "demasiado sensibles", "demasiado difíciles".
Hasta que un amigo, maquillador profesional, me explicó algo que lo cambió todo: en maquillaje, el violeta neutraliza el amarillo. Es física del color, no magia. Las modelos con dientes amarillentos no se blanqueaban los dientes antes de una sesión de fotos — corregían el tono con un producto morado, y el efecto era instantáneo.
Ahí until entendí que el problema no eran mis dientes. Era que nadie había llevado esa técnica del maquillaje a algo tan simple como un enjuague bucal.
Empecé a investigar en serio: qué pigmentos violetas eran seguros para uso oral, cómo lograr que el efecto óptico durara todo el día sin mancharse las manos ni la boca, y cómo hacerlo sin alcohol para no irritar las encías de nadie. Pasé meses probando fórmulas con un pequeño laboratorio en Barcelona, ajustando la concentración del pigmento y el sabor a menta una y otra vez, según el feedback de amigas, compañeras de trabajo y, después, cientos de personas que probaron nuestras primeras muestras. Cada comentario — "esto sí se nota al momento", "no me irrita para nada", "por fin algo que no promete magia y cumple" — nos ayudó a perfeccionar lo que hoy es PurpleBoca: un formato en sticks individuales, fáciles de llevar en el bolso o la mochila, pensado para quien necesita un efecto real antes de una reunión, una cita o una foto — no para esperar semanas.
El nombre no fue casualidad. Quería algo directo, casi obvio, porque eso es justo lo que ofrecemos: color púrpura, resultado en la boca, sin vueltas ni promesas vacías.
Hoy, miles de personas en toda España llevan PurpleBoca en el bolso, y cada mensaje que recibimos — de alguien que por fin sonríe sin taparse la boca — me recuerda por qué empecé todo esto.
No prometemos dientes de anuncio. Prometemos un efecto real, instantáneo y honesto, con la transparencia de explicarte exactamente cómo funciona. Y para mí, eso ya es suficiente.
— Marina Costa, fundadora de PurpleBoca